lunes, 19 de marzo de 2012

Tiempo muerto.

Me estoy cansando hasta de mí.
Siempre la misma rutina, siempre las mismas historias, siempre los mismos vacíos, siempre los mismos horarios, siempre los mismos problemas, siempre el mismo chiste, siempre las mismas esperanzas, siempre los mismos chicles, siempre las mismas decepciones, siempre las mismas ganas de recibir más, siempre los mismos recuerdos, siempre la misma búsqueda de sonrisas, siempre el mismo lado de la cama, siempre los mismos complejos, siempre los mismos pasos, siempre la misma sonrisa fingida, siempre la misma ilusión de esperar más de alguien, siempre las mismas complicaciones, siempre las mismas ganas de conducir, siempre las mismas hostias, siempre los mismos de siempre, siempre los mismos lugares, siempre las mismas metas, siempre las mismas canciones, siempre la misma gente, siempre los mismos sueños, siempre los mismos vicios, siempre el mismo café, siempre las mismas manías, siempre la misma ilusión, siempre las mismas ganas, siempre las mismas lágrimas, siempre los mismos motivos, siempre lo mismo. Siempre, siempre, siempre.
Dicen que el tiempo no está hecho para los impacientes y, a pesar de ser la persona más impaciente del mundo, yo te sigo esperando y a eso se le llama error. Grave error. Y lo sé, pero es superior a mis fuerzas. Llamádme tonta. Supongo que lo aceptaré. Como siempre.



El miedo a tu indiferencia se me escapa todavía.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Los hilos del corazón...

¡Eh, tú! Chico que consigue arrancarme ochocientas sonrisas al día.
No sé cómo explicarte las cosas que ni siquiera yo entiendo. No sé cómo decirte que no sé muy bien qué es lo que siento. Me encantaría no dudar. Me encantaría sentir algo que me hiciese no pensar, saltar al vacío. Esa fuerza imparable.
Sé que es una sensación difícil de explicar a la que no pienso llamar de ninguna manera, no quiero etiquetas, pero es una sensación que no quiero perder por nada del mundo.
La cuestión en sí es que no sé si quiero sentir o no sentir a estas alturas. Porque sé que sentir significa correr el riesgo de pasarlo mal. Y pasarlo mal duele. Y las cosas que duelen, destruyen. Y lo que destruye, mata.
Son ese tipo de cosas que te gustaría que viniesen con un manual de instruciones para no sentirte tan impotente...
Y es que las cosas, a veces, me afectan demasiado. Lo llamo cosas por no llamarlo sentimientos.
Aún así, intentaré que cuando te mire no me brillen los ojos, que no me tiemblen las palabras si te hablo y las sonrisas no iluminen mi cara.
Lo intentaré.

... mueven mi marioneta.

domingo, 4 de marzo de 2012

Soplando velas de números.

Aspirar todo el aire que quepa en tus pulmones y soplar las velas al ritmo de unos aplausos arrítmicos pero necesarios.
“Pide un deseo. ¡Pide un deseo!”
Suspiros con sonrisa de medio lado. ¿Un deseo? ¿Es necesario? Si todos sabemos que luego no se cumplen, que son pérdidas de tiempo. ¿Acaso lo que desee apagando unas velas del supermercado clavadas en una tarta de bizcocho me va a solucionar la vida? Ves cómo es innecesario… Te lo dije.
Pero inconscientemente lo haces. Lo pides. Un año más lo pido.
En ese momento sientes que realmente tienes un año más. Que te pesa. Que ya han pasado 365 días desde la última vez que apagaste aquellas velas. Que te haces mayor. Que el tiempo no para.
“Qué verdad es cuándo dicen que ,a partir de que cumples los 20 años, todo se pasa rapidamente”. Y es verdad.
21 años…
21 años donde sientes que todo ha cambiado menos tú. Tú sigues ahí, erre que erre con tus cosas. Cabezota desde 1991 y sin posibilidad de cambio. Soñadora e insistente al máximo, hasta que la cuerda se rompa en mil pedazos. Esperanza incorformista y débil de lágrimas. Fachada de sonrisas e interior en obras. Los vasos nunca están llenos ni siquiera a medias. Dicen las lenguas que tengo vena borde, pero nadie fue capaz de hurgar mi corazón y desmentirlo.


Fdo: La monene.