Lo peor de todo es que a mí misma me prometo tantas cosas o, dicho de otra manera, me veo capaz de realizar cosas que sé de antemano que me costarían mucho llegar a hacer por mi forma de pensar. ¿Metas? Pues no sé si se llamarán metas o gilipolleces, pero mi cabeza anda llena de promesas a realizar.
Y el resultado es el mismo de siempre: Ralladura de cabeza con pequeñas dósis de agua destilada.
No quiero hinchar de nuevo el flotador y los manguitos...



