domingo, 28 de agosto de 2011

Mi no entender.

No me entiendo. Días y días esperando que llegue el momento y cuando llega no sé aprovecharlo. Me bloqueo. Me paralizo. Mi inseguridad se permite el lujo de salir a pasear y no lo entiendo. No me entiendo.  Y tampoco te entiendo a ti. O quizás sea yo y mi mente soñadora, aquella que funciona sin querer y quizás hasta saca conclusiones anticipadas que hacen que no cumpla la mitad de mis instintos.
He de confesar que soy especialista en derrochar el tiempo y desaprovechar ciertas oportunidades que aparecen a cada paso que doy. Y es aquí y ahora cuando estamos yo y mis recuerdos encerrados en la misma habitación, pensando en lo maravilloso que sería poder volver atrás, no muy atrás, tan sólo cuatro días y volver a vivir cada momento sabiendo la escena que vendría después, minuto a minuto y sonreirte en los momentos claves donde sé a ciencia cierta que tus retinas se clavan en las mias.
No puedo parar de pensarte. No es que sea una novedad a estas alturas pero cada vez me cuesta más, creeme. Me cuesta porque cada vez que coincido contigo hay algo nuevo  y siempre me termino sorprendiendo por inútil que sea. Siempre me arrancas una de mis tontas y fáciles sonrisas. Bueno, en verdad no creo que seas tú quien me las arranque sino mi inocencia soñadora e ilusa. A ratos creo que puede ser (¿por qué no?) y a la milésima de segundo me arranco esa idea de la cabeza dejando paso al pensamiento mas cruel, y me hago daño. Es preferible soñar, aunque más preferible es soñar contigo.
Me pica la curiosidad de saber qué es lo que pasa por tu cabeza cuando te giras y me encuentras, de saber qué es lo que pasa por tu mente a cada rato, de saber qué es lo que quieres.
De momento sólo me queda conformarme con todas las escenas que han pasado estos días y recopilarlas como ya es costumbre en mi cabeza, en aquella caja donde cuelga una etiqueta que pone recuerdos seguidos de tu nombre. Ojalá algún día lo descubras.
Ésta es de mentira.

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